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Mostrando las entradas etiquetadas como historias

lectura y sueños estrambóticos

Ayer lloré. No fue un llanto largo ni intenso. Cayeron dos lágrimas por mis mejillas y, después, me quedé pensativo unos minutos.  Hay rutinas que difícilmente podría abandonar; leer libros, periódicos, revistas, es una de esas costumbres diarias, tan cotidiana como desgastada por el uso e igual de necesaria para mi subsistencia. ¿Qué lecturas? De todo tipo, pero unas de las que más placer me producen provienen de los blogs de Antonio Muñoz Molina y César Mallorquí. Precisamente ayer leí la última entrada de este último y lloré como ya he dicho al principio. En esa entrada, el célebre autor de literatura hace un pequeño homenaje a uno de sus mejores amigos de la infancia, fallecido hace medio año y cuya noticia recibió hace apenas un mes y medio. El relato es intenso como pocos. No es de extrañar. César posee una narrativa clara y directa, pero de un potencial impresionante, a lo que si añadimos que la emoción ya viene dada por el tema, uno no puede esperar acabar sonriendo por la...

Soy papel congelado

No suena el despertador, porque yo ya lo había apagado. Me había girado dentro de la tonelada de mantas, con el miedo del que se sabe al borde de un precipicio de hielo, desde el cual emerge una lluvia de estacas congeladas, y lo había desconectado. Con la oscuridad delante de los ojos encendí la luz, algo desorientado, ausente, como presente en una realidad paralela, probablemente en el mundo de Sartre, entre el bronce y la sensación de estar desnudo y desprovisto de una piel que me proteja del infierno helado de la vida.  La mañana transcurre bien: un examen, unas fotocopias, un exceso de energía para controlar a un numeroso grupo de niños inquietos, charlatanes, revoltosos... niños, a fin de cuentas. Suena el timbre, estridente como siempre, cruzo entonces el umbral que separa la surrealidad y el mundo de los vivos, entro en el bar de Agu y sin pedir ya tengo en la mesa el café con leche y la media tostada. Rodeado de compañeros, surge la imagen del chico pelirrojo, el prepoten...

Yo es otro, un libro, locura...

Antes que comprar una isla, como ese hombre que hoy nos ha enseñado en la 1 de televisión española, preferiría crearla, desde la nada. Ordenar a la lava que estalle en el lugar indicado y que se solidifique. Cantar a las plantas para que crezcan a mi antojo por la superficie de mi recién nacida isla. Y una vez creada, construir un palacio estilo renacentista, semejante a los que custodian el Loira. Y vivir en él acompañado. Dos personas bastan... ... y cierro el libro acto seguido. Mi libro es otro bien distinto, interconectado con muchos otros, con historias que ya están iniciadas, con otras que acaban de empezar o terminar, con parajes inexistentes, inexorables, lúgubres, iluminados, pantanosos, libres, dispares, solitarios, policromados, vivos o muertos. Un libro con música propia, la mía, la tuya, la del resto; un canto, una melodía rasgada, rota, reestructurada, experimental, clásica; con ritmos pausados y acelerados.  Mi libro se derrite y se solidifica sin que yo apenas m...

Un viaje inesperado

Llego a la biblioteca y me detengo en las vitrinas vacías, huecas, carentes de viejos huesos, de libros de otros tiempos. Entonces por un momento veo renacer el recuerdo de una exposición habida por lo menos hace un año, donde esas viejas cajas de cristal contenían la belleza misma plasmada en hojas amarillentas, antiguas, hasta salvajes, me atrevería a decir. Libros medievales. Los había de todos los tamaños y contenidos, pero sin duda el más destacable de todos era el que representaba un colorido mapamundi medieval, con sus correspondientes "Terra incognita" y sus ilustraciones de bestias mitológicas. En aquellos momentos de exposición pude transladarme en nave por aquellos parajes antes salvajes, ahora destruidos por el velo levantado, por la mano de un ser avasallador, ambicioso, destructor, humano, descubridor. Navegué por aquellos mares y realicé un periplo, cual Ulises, por aquellas costas andaluzas deformes, mal dibujadas, distintas. Incluso creí percibir el brillo ...

Ensayo sobre la ceguera

Leer "Ensayo sobre la ceguera" me está recordando la angustia que se puede llegar a sentir cuando se pierda la vista.  Me sucedió una vez algo curioso y agobiante. Me acostumbré a dormir con antifaz porque la luz me molestaba demasiado y ocurrió que un día me desperté y me puse las gafas, como ya es habitual en la rutina. Para quien no conozca la sensación del miope, cuando te despiertas el mundo está borroso y al ponerte las gafas la realidad se aclara de repente, como un cristal sucio que acaba de ser limpiado. Pues me ocurrió que aquel día la realidad siguió igual de turbia. Me froté los ojos y me coloqué las gafas de nuevo, pero nada cambió. Asustado, fui directo al cuarto de baño y me lavé la cara con cascadas de agua. Pero nada. La visión siguió sucia. Pasé toda la mañana y parte de la tarde medio ciego. Sentí angustia; si hubiera perdido la visión por completo y la oscuridad formara parte de mi vida, no sé el estado en el que podría encontrarme. Por suerte aquello s...

Un turista desamparado

Realizas la reserva con impaciencia, con las ganas de iniciar ese viaje que tanto anhelas, que desde hace tanto esperas. Pero algo ocurre. Vas en el autobus, observador, atento a todo cuanto transita al otro lado de la ventana, del vidrio, del cristal. Miras con detenimiento el paso de los árboles paralizados, el movimiento de la gente, un semáforo que cambia a verde, un perro solitario, un vagabundo con la cabeza gacha delante de una iglesia... La vida. De repente, oyes cómo los aviones desgarran el sonido. El autobus se detiene. Bajas. Buscas en un panel electrónico el número de tu avión. Compruebas que todo va bien, como estaba previsto. Has facturado la maleta, que solo pesa 7 kg., porque te gusta ir ligero de equipaje, como bien aconsejaba Machado. Ligero de equipaje. La puerta de embarque se abre: tu destino se aproxima, los nervios afloran, la mente despega a otros lugares mucho antes de que lo haga el resto del cuerpo. La tensión se dispara. Todo empequeñece y...

Ícaro

Escapamos de la prisión de Minos por tu ingenio. Me diste alas con las que surcar los cielos, pero yo era un crio aventurero que conocía después de tanto la libertad. El aire me acarició las mejillas, el cuerpo, el sol quemaba y las gaviotas pescaban hijos de poseidón, ninfas del agua. Me dictaminaste consejos que no seguí: "las alas son de cera, el sol las derrite y las plumas son ligeras sin aguas en sus entrañas". Me lo dijiste con firmeza y yo no escuché. ¡Me sentía tan libre! Sin gravedad, sin muros, sin leyes, solo un destino de regreso, unos ojos brillantes y acuosos, unos brazos débiles y necesitados, un perfume a azahar y olivo. Me diste alas con las que escapar por los aires y escapé, por el camino equivocado. La memoria ya no existe aquí, solo hubo una laguna con un barquero que me pidió monedas con su desdentada boca. Cruzamos juntos las turbias aguas y allí me dejó, ese esqueleto moribundo. Ahora estoy sentado, mirando tu reflejo en un charco de lava. ¿Por q...

La polilla

La noche ha caido. La brisa se despierta. La dama de noche aromatiza las estrellas. La luna desparrama su leche cenicienta sobre la arena. La polilla se agita. En la penumbra, se desplaza por el aire torpe y a la vez elegante. A lo lejos ve algo. Luz. La bombilla colgada del techo de hierro se balancea por la brisa. Aclara la terraza con su blanquecina luz. Hace frente a la oscuridad de la noche. En su cristal, se adhiere el aroma de la dama de noche. Luz. La polilla enloquece y en su cerebro ya solo ve una luz maravillosa. Agita las alas con más brio. Ve la luz y se le salen las antenas. No sabe de peligros; solo de luces. Ha nacido por ellas, para ellas. Los dueños de la casa juegan a las cartas y anotan, entre risas, los resultados favorables para ella; él pierde esta partida y da un buche al vaso de vino que ya casi está vacío. Las risas. La luz. La polilla teme por momentos que la mujer agarre el matamoscas y la golpee con él. Por eso siente breves impulsos. Tiembla. Muc...

Gelotofobia

El chico camina despacio y, concentrado en no parecer miedoso, imprime fuerza en cada paso. La calle está desierta, el sol acaba de despuntar y se oyen a lo lejos voces de críos, ruídos de autos. Ya divisa la altura de ese edificio que tanto miedo le provoca. Se detiene un segundo, mira a su alrededor y ve a un grupo de chicas doblar la esquina. "Se van a reír", presiente. Aprieta el paso, hasta que, al final de la calle, se topa de frente con la muchedumbre. Pero él sigue corriendo. "Y ahora examen de mates", se queja en susurros. Se suelta una asa de la mochila dejando todo el peso sobre un solo hombro. El grupo de chicas casi le ha dado alcance. Tiene miedo de caerse. Le tiemblan las manos, de repente; la timidez se apodera de sus pasos, que lo mismo se detienen a ratos, lo mismo aceleran el ritmo. Sabe que va a ocurrir. Sufre una repentina presión en el pecho, le falta el aliento. "Se van a reír", piensa, como cada día, a cada momento. Los gr...

Noches de luna para los muertos que caminan

Noches de luna para los muertos que caminan ¿Te da miedo, Catalina? Fiesta de todos los santos, noche de muertos y espantos, velas encendidas en laberintos de nichos y cipreses; noche poco a poco americanizada con calabazas de tenebrosas caras, esqueletos andantes, trucos o tratos, huevos podridos, travesuras, disfraces aterradores. La fiesta de todos los santos y de halloween ha llegado. Halloween fue anoche y todos los santos es hoy. Por ello voy a contar una historia que mi abuela me ha contado desde que era bien pequeño, cuando las noches de cortijo veraniego nos llevaban a dormir hasta tarde bajo la luz de la luna. Esta historia sea probablemente puro romancero, no lo sé, pero lo imagino: los abuelos saben muchas historias de este tono. Me gustaría poder contarla como es en realidad pero, desgraciadamente, no la recuerdo bien, a pesar de haberla escuchado tantas veces. Por esa razón voy a inventar y modificar la parte de la historia que no recuerdo. - Catalina, esta noche h...