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Temor

- ¿Qué temes? -me preguntó mientras terminaba de sellar la masa de la empanada.

Me fui directamente al horno sin prestar atención a aquella pregunta tan inesperada. Lo abrí y comprobé que estaba lo suficientemente caliente. Sí, estaba a la temperatura ideal, así que puse la empanada en una bandeja y la metí en el horno. Solo había que esperar ahora. Todo consiste en realidad en eso, en esperar a que el tiempo gire las piezas en la posición correcta para luego colocarlas con un ligero toquecito. 

- Temer, ¿dices? -lo miré y supe que se refería a mi mayor miedo- No temo nada. Bueno, algo sí que temo. Me aterroriza que después de dedicar tanto tiempo a esta empanada ahora se me queme o le falte sabor o que no valga para nada y deba tirarla a la basura sin más, como si no sirviese para nada más que para desecharla. ¡Con el trabajo que me ha costado! ¡Con las ganas que le he puesto! ¡Con el antojo que ahora mismo tengo! 

Aparté la mirada de sus ojos y miré con atención la pantalla del horno. La empanada apenas estaba dorada.

- Y tú, ¿qué temes? -le reboté la pregunta.

Parece que estaba esperando esa pregunta. Creo que es lo que había provocado, lo que quería escuchar, porque se le iluminaron los ojos repentinamente. No sé si por miedo o por alegría.

- Yo temo todo. Me asusta tu mirada, tu tacto, el resurgimiento de los recuerdos, la gente, el brillo del sol, la comida, los actos y sus consecuencias, el sofá, la televisión, los políticos, las ideas, los radicales, los controlados, los insurrectos, los bancos, los animales, la contaminación, internet, las enfermedades, los charlatanes, los silenciosos -enunció tantas cosas que no podría recordarlas aquí. Lo que sí que no debo olvidar es lo que añadió al final de esa cascada de temores-, pero lo que me da más miedo, sin duda, es la soledad.

La soledad. Aquella palabra se me hincó tan profundamente como debía haberle sucedido a él cuando la pronunció. Lo abracé y nada más. Juntos, agarrados del brazo, miramos el horneado de la empanada y cuando esta estuvo lista, la saqué del horno y la situé en una hermosa bandeja de porcelana.

-¿Ves? Ya no tienes nada que temer. Tu empanada ha salido perfecta -me comentó mientras masticaba con placer un trozo de empanada.

Él no lo sabía entonces, pero yo también tenía tantos temores como él; cuando me lo preguntó no quise decirle nada, porque no servía para nada. Pero a mí también me asustaba todo. La única diferencia es que yo cocinaba mis miedos para tragármelos. Y ese simple hecho me permitía resistir. 

Aunque yo también estuviera sola y tuviera secretos que me estuvieran atormentando o mi situación personal no fuera la mejor siempre podría resistir.

Él, en cambio, no encontró la vía adecuada. No supo afrontar su realidad y acabó accidentado en el arcén del camino. Dejó de andar y perdió ese camino que se hace al andar.

Dos años después de aquella empanada, de aquella conversación, de aquella declaración de temores, sé que su camino debía detenerse en ese punto exacto, porque su empanada se había chamuscado mucho antes de lo que él creía, antes de que me declarara todo.

A la mañana siguiente de aquella conversación, encontré su cadáver ensangrentado en la cocina.

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