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Cosas que no son ni tan buenas ni tan malas: faltas e internet

No soporto las faltas de ortografía. Seguramente esto se deba a que a mí me ha costado mucho esfuerzo no cometerlas. La cuestión es que voy a tener que empezar a no repudiarlas con tanto ímpetu y darles el cierto valor que tienen.  Ayer supe que, sin las faltas de ortografía que cometieron algunos escritores latinos, no sabríamos en absoluto cómo pronunciaban ellos su lengua y nos habríamos quedado en las pautas dictaminadas por el latín usado por la iglesia.  Saber esto me lleva a darle una mayor importancia a las faltas; a fin de cuentas son un casi fiel reflejo del habla y, por consiguiente, muestran la vida de las palabras en su momento concreto. Digamos que podríamos verlas como un testimonio similar al que producen las fotos antiguas o los restos de un edificio griego. Son una pasarela directa al pasado. La buena grafía no es más que un intento de retener algo que está muy vivo, como es el caso de los idiomas.  Los españoles de toda la vida no hemos...

Molesta sensibilidad

No sé si os pasa a vosotros también. A mí me ocurre que o alimento la sensibilidad o la sensibilidad explota en mí. Es una necesidad. Necesito sentirme frágil, localizar belleza en lo más mínimo y derramar algunas lágrimas. Últimamente estoy muy sensible. Lo malo de esto es que si se excede el nivel de sensibilidad el mundo me devora y, lo que es peor aún, me destruye desde mi propio interior. Se condensa tal grado de destrucción en el centro del cuerpo mismo y estalla en expansión por todos los órganos internos... Estoy mal. Intento negármelo, pero no es normal que anteayer se incendiaria mi garganta de lágrimas cuando me despedí de mi abuela. Ya debería estar acostumbrado. Vivimos separados desde hace demasiados años, 19 o veinte. Ya no me emocionaba tanto despedirme de ella. O sí. A veces no nos damos cuenta de cómo suceden los acontecimientos de lo inmiscuidos que estamos en la historia que estamos viviendo; algo así como cuando uno sale del trabajo y llega a casa en coche sin...

Bagatelas de la sociedad vacía

Está el tiempo tan loco como siempre. Acabo de leer que ayer granizó en Madrid. Anoche hizo mucho frío en Almería, estuvo nublado y sopló mucho viento. Parecía octubre. Yo no sé si esto es por el apocalíptico cambio climático o porque la Tierra siempre ha tenido un clima cambiante. No tengo la menor idea. Lo que sí sé es que me gusta este frío veraniego, esta contradicción que provoca un día otoñal en época estival. Esto da un poco más de juego a la vida, porque rompe la normalidad. Lo normal en Almería a estas alturas del año debería ser un calor aplastante y un bochorno húmedo que asfixia y al mismo tiempo hace sudar. No creo que sea una situación que dure demasiado; aquí el calor se va a imponer enseguida: las puertas del infierno están en esta provincia o, mejor dicho, en casi toda España. La gente, en lugar de disfrutar para hacer cosas que el calor no permite, lo único que hizo fue quejarse y maldecir el "mal tiempo". Nuestra sociedad tiene un grave problema. Lo ve...

Hyde

¿Sabéis lo manipulables que podemos llegar a ser? No me refiero al simple hecho de que alguien con sus palabras sea capaz de convencer con facilidad a otra persona. No. En este caso es algo mucho más complejo. ¿Qué pasaría si alguien mediante mensajes subliminares tratara de manipularte? Sería terrible. Primero porque no eres consciente de las reacciones que te están provocando; segundo porque las consecuencias pueden ser desastrosas. Hyde, la última novela de David Lozano Garbala, versa precisamente de este asunto. Un grupo de alumnos es convocado a un plan de lectura mediante un programa intensivo plagado de mensajes subliminares. Los alumnos son aislados durante una semana, pero las cosas no serán lo que parecen. En esta novela con nombre referente a la literatura clásica, David ha bordado un tapiz con hilos multicolores y con agujas que derramarán mucho sangre. Y todo ello al ritmo de buenas canciones instrumentales y grandes dosis de descripciones visuales y tétri...

Compendio de palabras desatadas

La realidad no me sobrepasaría tanto si me tocara la lotería, un buen golpe de suerte, mucha pasta fresca, algo que me quite preocupaciones pecuniarias...  No.  En realidad el dinero no me iba a arreglar la vida. No hay nada que arregle la vida. La vida no puede arreglarse porque no está rota. La vida es simplemente así. Y nuestro cometido en la vida es tan sencillo y único como vivirla. No hay más opción que esa. La otra opción viene dada de por sí, como un punto final en forma de noche eterna y oscura, llamada muerte. A fin de cuentas ese es el fin de todo, incluso de nuestro propio universo. Algún día el sol se apagará y nuestro hermoso universo se sumirá en una noche tan oscura como la muerte.  Bueno, eso contando con que la muerte sea oscura y realmente tenga color. Algo que en el fondo dudo. La muerte no es ni oscura ni clara ni eterna. La muerte no es nada.  Y os preguntaréis por qué escribo todo esto después de tanto tiempo sin pasar por aquí...

Tiempos aceleradamente fugaces

No sé bien dónde leí hace poco que la mente de las personas de hoy en día tiende a lo rápido, lo seco, lo fugaz. Tendemos a perder el hilo de la lectura en cuanto esta se hace larga y compleja y no nos queda más remedio que leer y releer muchas veces un párrafo porque a mitad de la frase ya estamos divagando y pensando en otras cosas; parece como si el placer de masticar palabras con tranquilidad y deleite fuera una enfermedad contra la que nos han ido vacunando y ya se ha vuelto imposible.  Intento imaginar cómo eran las gentes del siglo XIX; tan capaces para leer obras colosales, donde uno se pierde ahora en los detalles, en las tramas, en el devenir tan lento de la narración, de los acontecimientos de los personajes. Me pregunto cómo hemos llegado a esta situación de fugacidad extrema. ¿Somos ahora más tontos que antes? ¿Tenemos menos capacidad? ¿Tendemos a ir perdiendo cualidades con la evolución? ¿Hemos llegado ya a la declinación?  Como siempre no sé nada, salv...

Carmina, una filosofía de vida.

Las comedias por naturaleza son críticas directas de la sociedad del momento camufladas en una carcajada continua. En este sentido, Carmina y amén , la última película de Paco León , cumple con la definición por completo.   En Carmina y amén, se habla de la vida misma, de Carmina ante la muerte de su marido.   Carmina, esa señora que fuma como un cosaco, que es capaz de hacer frente a la muerte de un familiar (¿repentinamente?¿Causada por alguien?) de la manera más natural posible y haciendo uso de su natural instinto a la supervivencia (mantenedlo en secreto dos días para poder cobrar la paga extraordinaria). Esa mujer, a pesar de su mala versación, es una luchadora, una leona criada en la sabana de la vida dura y una tragedia en sí misma. Es una madre que mira por el futuro de sus hijos, por su marido, por sus vecinas, por todo, en realidad.  Carmina es el ejemplo de una filosofía de vida que más de uno debería copiar.   Ayer mientras veía l...